Hay palabras que escuchamos muchas veces, pero pocas veces nos detenemos a sentir qué significan. Una de ellas es supraconciencia. No escribo este artículo para definirla. No sé si alguien puede hacerlo. Lo escribo para compartir la imagen que hoy me ayuda a comprenderla.
Durante mucho tiempo imaginé que Dios estaba en algún lugar al que había que llegar. Como si existiera una distancia entre Él y nosotros. Con el tiempo esa idea empezó a cambiar. Hoy me gusta imaginar que somos una gota de agua naciendo del océano.

Cuando una ola se eleva, parece que la gota se separa. Desde su perspectiva puede creer que es independiente, que está sola, que debe encontrar el camino de regreso pero nunca dejó de ser agua. Nunca dejó de pertenecer al océano. Solo cambió temporalmente la forma en la que se experimentaba a sí misma.
Esa imagen transformó muchas cosas dentro de mí. Ya no veo la supraconciencia como un lugar al que debo llegar. La veo como el recuerdo de algo que nunca perdí. Un puente con Dios. Es esa parte silenciosa que, incluso en medio del ruido, sigue sabiendo quién soy. La mente piensa. Las emociones sienten. El cuerpo experimenta. El alma aprende o recuerda. Pero hay algo más profundo que simplemente observa todo eso sin perder la calma. Hoy llamo a ese espacio supraconciencia. No porque esté por encima de nosotros, sino porque puede abrazar todas nuestras partes al mismo tiempo. Cuando reacciono desde el miedo, sigue ahí. Cuando me equivoco, sigue ahí. Cuando amo, también sigue ahí. No desaparece. Solo dejo de escucharla. Por eso cada vez creo menos que el crecimiento espiritual consiste en agregar cosas nuevas. Tal vez consista en recordar. Recordar que la vida no está dividida entre lo sagrado y lo cotidiano.

La misma inteligencia que mueve las galaxias también está presente en una hoja que cae, en el agua del océano, en el aire que respiramos y en el silencio entre dos pensamientos. Por eso me gusta decir que Dios está en todo. No porque todo sea idéntico. Sino porque todo participa de la misma Fuente. Quizás la supraconciencia sea precisamente eso. La capacidad de recordar que la gota nunca estuvo separada del océano. Y cuando uno recuerda eso, deja de vivir desde la carencia. Empieza a vivir desde la pertenencia. No porque tenga todas las respuestas. Sino porque comprende que jamás estuvo desconectado de aquello que le dio origen.
Así es como hoy lo entiendo. Quizás mañana encuentre una imagen todavía más hermosa.Y si eso ocurre, significará que sigo aprendiendo.